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OJO
4 de Octubre de 2004

En apenas seis años, el buscador de Internet se convirtió en el más popular de la Web, con 200 millones de consultas por día. Y en un negocio multimillonario para Larry Page y Sergey Brin, dos que encontraron la fórmula.

En el planeta Internet, donde se accede al mundo no por experiencia directa sino a través de una pantalla, Google es como Dios, pero más rápido. Porque si de acuerdo con la Biblia la Creación llevó seis días, Google necesita sólo medio segundo para desplegar, luego de un clic y tras el vacío primigenio de la pantalla en blanco, todo un universo ante los ojos del navegante virtual. Y después no descansa.

Haga la prueba. Abra la página del buscador y escriba una palabra allí donde el cursor titila desafiante. Pulse el mouse y agárrese fuerte: habrá activado 54.000 servidores y 100.000 procesadores que, de entre 4000 millones de páginas web, le entregarán, después de quién sabe qué remotos cataclismos digitales, aquella información que usted busca. Una ecuación de más de 500 millones de variables que Google resuelve en un abrir y cerrar de ojos. Y lo hace 200 millones de veces por día.

“Google hizo de la Web una herramienta cotidiana –dice Susana Finquelievich, investigadora del Conicet y especialista en impactos sociales de la revolución digital–. Hoy se busca qué espectáculo ver, dónde comer, cómo organizar un viaje.”

¿Qué hay detrás del buscador más potente y popular de Internet? ¿Acaso una Biblioteca de Alejandría con todo el saber humano disponible? ¿La piedra filosofal? Nada de eso: sólo máquinas. Un fantástico robot. El cerebro artificial más poderoso del mundo, que trabaja sin sudor y sin lágrimas. Es decir, sin intervención humana.

También hay una empresa con sede central en Mountain View, California, que acusa uno de los crecimientos más rápidos de la historia y que acaba de vender parte de sus acciones en subasta pública, lo que le dio un valor en el mercado de unos 26.000 millones de dólares.

Está, además, la fórmula matemática que es el principio y la razón de todo. Y, detrás, lo más interesante de esta historia: dos estudiantes de la Universidad de Stanford, dos nerds casi, convertidos en raros y desprejuiciados multimillonarios que están encantados de ser parte de la vida diaria de la gente. De servir, dicen ellos. Y, seguramente, de poseer cada uno el 15 por ciento de la compañía que ambos fundaron y presiden (casi 4000 millones de dólares por cabeza).

Sergey Brin y Larry Page –de ellos se trata– hoy no pueden hablar con la prensa, y así se lo hace saber a este cronista, en reiteradas oportunidades, la amable vocera de la empresa, que de todos modos facilita algo de información. No es mala voluntad: están en pleno quiet period, la etapa de silencio impuesta por la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos (SEC) que rodea toda venta pública de acciones (ver recuadro). La prevención es extrema, quizá porque haber hablado cinco meses atrás casi desbarata la operación.

En abril, Brin y Page concedieron una entrevista a Playboy. La revista divulgó la nota a mediados de agosto, cuando Google Inc. se disponía a entrar en la Bolsa, y la SEC estuvo cerca de aplazar el proceso de venta de acciones. La anécdota –la cosa no pasó de eso– dice mucho acerca de estos dos treintañeros que, casi jugando, revolucionaron la Web y, en el trámite, se encontraron amasando una verdadera fortuna.

Todo empezó en la primavera de 1995, cuando los dos amigos se conocieron en un acto que la Universidad de Stanford había organizado para los candidatos de su doctorado en Informática. Page, hijo de un experto en inteligencia artificial, tenía entonces 24 años y era ya un brillante ingeniero y matemático. Brin, un año menor, nacido en Moscú y emigrado a Estados Unidos con su familia cuando contaba seis años, también había heredado de su padre, profesor de matemáticas, el amor por los números.

Enseguida se pusieron a trabajar en el proyecto de biblioteca digital de la universidad. A pesar de lo mucho que discutían, o quizá gracias a eso, crearon un algoritmo para la búsqueda de datos que sería la semilla del motor de Google. Registraron ese nombre en 1997 por su parecido con la palabra googol, que alude, en inglés, a la cifra formada por un uno seguido de cien ceros.

Los chicos vieron el negocio: más importante que poseer la información –que sobreabunda en Internet– era convertir el caos en cosmos. Ordenar la profusa galaxia digital de acuerdo con el pedido del usuario. Pero, a pesar de su entusiasmo, no conseguían inversores. Sin desalentarse, abandonaron su doctorado, y con el dinero que pudieron obtener de familiares y amigos abrieron su primera oficina en un garaje de Menlo Park, California, en septiembre de 1998. Tenían 25 millones de páginas web incorporadas y 10.000 consultas por día.

“Desde el principio se diferenciaron de los demás –dice Enrique Carrier, consultor dedicado al análisis de tecnologías de la información–. Otros portales y buscadores vendían ubicaciones privilegiadas, y uno no sabía si lo que aparecía primero era el sitio más importante o el que había pagado más.”

Brin y Page usaron la estructura de la Red como herramienta organizadora: el motor de Google interpreta un link (vínculo) de la página A a la página B como un voto de la primera en favor de la segunda, y califica la importancia de un sitio a través del total de votos que recibe, mientras analiza también las páginas que los emiten. Una suerte de ranking entre pares. Una democracia de sufragio calificado.

“Trabajamos muy duro para entender la estructura de links de la Red. Es análoga a la forma en que las personas se dan referencias unas a otras –dice Brin en la entrevista de Playboy–. Si busco un médico, les pido a mis amigos que me recomienden uno. Ellos pueden referirme a otras personas que saben más que ellos. Lo mismo pasa en la Web. Las páginas se refieren unas a otras con links, un sistema que estimula las referencias. Pero ¿cómo decidir la importancia de los links en un sitio? Lo hacemos con fórmulas matemáticas que van a fondo y evalúan muchos factores.”

La distinción entre la publicidad y los resultados de la búsqueda ha sido otra de las claves del éxito. “Nuestros avisos están claramente señalados –dice Brin–. Otros buscadores no distinguen. En ellos, los anuncios pagos afectan los resultados. Con Google, los resultados no pueden comprarse.”

A juzgar por lo que se ve en la pantalla, parece cierto. La búsqueda “pura” aparece en el centro, en tanto los “enlaces patrocinados”, o pagos, aparecen en una columna ubicada a la derecha, de la que también, claro, se ocupa el animal cibernético alimentado por la famosa fórmula que, conocida sólo por Page y Brin, debe ser el secreto mejor guardado después del de la Coca-Cola.

Para dar de alta una cuenta, los anunciantes depositan una suma a Google con apenas un clic. Luego deciden cómo invertir sus créditos. “Elegís las palabras, una o mil, a las que querés que tu sitio aparezca asociado. Y podés ir cambiándolas a medida que recibís los reportes on line. Todo se hace sin interlocutores humanos”, cuenta Christian Vilate, de 32 años, vicepresidente de marketing y ventas de Despegar.com, una agencia de viajes on line.

En este sistema, bautizado Adwords, Google cobra por cada clic que el anunciante recibe en su página. ¿Cuánto? Lo que éste decide, a partir de 5 centavos. Luego, el sitio aparecerá más arriba o más abajo en la lista según cuán competitiva sea la oferta. También el dinero fluye ligero y sin tracción a sangre en la Web.

¿Qué hacen entonces los más de 1900 empleados de Brin y Page mientras el robot se encarga de mover el engranaje del universo y de recaudar lo que pagan sus más de 150.000 anunciantes en todo el mundo?

Además de investigar para ganarles de mano a los expertos de Yahoo! y de Microsoft –que también están abocados sin desmayo a la búsqueda de nuevos productos–, quienes trabajan en la sede de Mountain View, conocida como Googleplex, se dedican, entre otras cosas, a tomar jugo de frutas que la empresa provee gratis.

Cocineros, perros y jugos

Allí, en pleno Silicon Valley, Brin y Page han montado una sede que parece más un campus universitario que el bastión central de una de las firmas más poderosas del mercado informático. Ellos mismos van a trabajar con pantalones cortos y remera, reniegan de las jerarquías corporativas y aspiran a que todos sus empleados, los googlers, se diviertan mientras se ocupan de que las máquinas les procuren mayores ganancias.

Para eso, han contratado como chef de la compañía al ex cocinero del mítico grupo de rock The Grateful Dead, y dos veces a la semana cercan buena parte del estacionamiento de la empresa para que los googlers jueguen partidos de hockey sobre patines. También han sembrado el lugar de grandes pelotas de goma para descansar o hacer ejercicio.

Allí, los perros son bienvenidos. Muchos empleados los llevan al trabajo, y lo cierto es que la empresa hizo del amor a los canes parte de su cultura corporativa. “No tenemos nada contra los gatos, pero somos una compañía perruna”, dicen.

Entretanto, Brin y Page, workaholics declarados, quieren una empresa que no sólo rompa con los moldes establecidos, sino que también le haga bien al mundo. De allí su lema Don´t be evil (”No hagas el mal”) ¿Cómo se plasma semejante consigna? Algunos ejemplos: no aceptan avisos de bebidas alcohólicas fuertes, pero sí de vinos; y tampoco los de armas de fuego. El CEO de la empresa, Eric Schmidt, que junto con Brin y Page integra el triunvirato que decide el rumbo de la nave, lo resumió así: “Malvado es aquello que Sergey (Brin) dice que es malvado”.

De su vida fuera de Googleplex poco se sabe. Ellos dicen que trabajan de 50 a 60 horas por semana, y que cuando están en casa pasan el tiempo colgados de la computadora, trabajando. Ambos alquilan departamentos modestos. Según The Wall Street Journal, los dos tienen novia. Page ha estado saliendo con una empleada de Google. Y Brin… con la hermana de un empleado.

Muchos se preguntan ahora hasta cuándo la empresa podrá mantener su cultura y estilo. Algunos especialistas han señalado el ingreso en el Nasdaq –el mercado tecnológico de valores– como un riesgo: Google puede caer en manos de corporaciones que le exijan ceder en sus principios por una rentabilidad mayor. “Es difícil saber qué sobrevendrá –dice Carrier–. Pero si el sitio es rentable así, ¿para qué cambiar?”

Una cosa es segura: entre jugos de naranja y partidos de hockey, esos dos chicos que desde un garaje de suburbio levantaron una empresa de 26.000 millones de dólares en sólo seis años, seguirán buscando nuevas fórmulas para agotar las posibilidades de la Web. O sea, jugando. Y, de paso, haciendo la revolución.

“Internet impactó en la sociedad con la misma intensidad con la que en su momento lo hizo la Revolución Industrial. Es el mismo salto, y vino para quedarse”, dice Alicia Bañuelos, especialista en la Web.

Sergey Brin, el visionario de la dupla, a quien le gusta recordar la primera Commodore 64 que le regaló su padre, lo sabe bien. Y no le falta ambición para llegar todavía más lejos. “Finalmente, uno quiere tener todo el conocimiento del mundo conectado directo a su mente”, ha dicho.

Tal vez hacia allá vamos. La historia de la humanidad condensada en un chip bien ubicado, que derramará en nuestra conciencia toda la información disponible como si fuera un solo y frío pensamiento.

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